Una persona muy ofuscada, estaba defenestrando a Dios y a Jesucristo en una plaza pública. Ya se habían juntado decenas de oyentes que lo escuchaban con atención.
Entre otras cosas decía: Cómo pueden ustedes adorar a Dios con todas las penurias y desgracias que el hombre debe soportar. Cómo pueden ustedes adorar a Jesucristo siendo su hijo, más aún, el mismo Dios hecho hombre? Cómo pueden adorar a Dios quien con todo su poder destruye todo sin piedad.
En ese momento un oyente interrumpió su discurso y con voz firme y soberbia le dijo: Usted se equivoca; no es culpa de Dios, no es culpa de Jesucristo, es culpa del hombre. Es el mismo hombre el que causa sus propias penurias y su desgracia. Es el hombre el que produce las guerras, la destrucción y la muerte de sus semejantes. Es el hombre que con su egoísmo se enriquece a costa de de su prójimo a quien convierte en pobre. Es el hombre que no ama a su semejante y lo destruye de la forma más cruel que pueda. Es el hombre el monstruo que todo lo destruye, la naturaleza, el medio ambiente, a los animales, a los bosque, a toda la flora y fauna. Es el hombre el mismo monstruo del hombre. Es el hombre su propio destructor, en cambio Jesucristo vino a glorificar al hombre. A salvar al hombre. A protege al pecador . . .
Perdone que lo interrumpa, le dice el que hasta hacía casi 10 minutos tenía la palabra en su discurso. Si tanto daño hace el hombre, sí es el hombre el propio monstruo del hombre, por qué excusa a quien defiende al monstruo. Si Jesucristo protege al monstruo, Jesucristo es tan monstruo como el hombre. El hombre es tan monstruo como Dios. Únicamente Satanás defiende al monstruo.
Luego de un silencio en el auditorio, la persona siguió con su discurso, ya no había una decena de personas, había varias centenas. Y luego fueron miles y miles, habían nacido Las Leyes de Pardo.
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